#ArticuloBananero| Hay un hombre inocente muriendo en la cárcel

   ¡Hay un hombre muriendo en la cárcel! ¡Pobre, pobre mi país! Es una síntesis popular bien sentida que se va acrecentando al presenciar la sinrazón, que se va orillando cada día con lo estrambótico y que va, al final, a desembocar desfigurado en el escenario de lo absurdo.  


   Lo absurdo empieza con lo predeterminado. Los contravalores como la traición, la ingratitud, el encubrimiento, el descaro, que antes eran detectados en lo profundamente humano, ahora son planificados y magnificados al plano de Estado, de un Estado azaroso que no llega a encontrar su norte porque es presa jugosa de la conducta rapiña de tanto disfrazado de patriota.

   Es que lo que nunca pudo pasar, pasó, sin hacer mucho polvo y al ser manipulado el consenso social para que someramente se evadiera cuestionar el desacato perpetrado en todas las instancias del poder. La confesión del señor Andrés Carrión lo dice todo. Aquello que se pensó que eran viejas prácticas políticas del amarre, del irrespeto a la institucionalidad, de los rechazados retorcijones siniestros del pasado, se va encarnando en algo amorfo, fétido, inhumano.  Se va encarnando en algo que en un Estado de Derecho sería impensable, en algo que evidencia que los poderes fácticos están gestando la ofensiva de un poder sin contrapoder.

   Pero, ¿qué vemos en ese desdoble de lo absurdo? Destaquemos lo siguiente. Entre otras cosas, vemos que el actuar humano amenaza ir más allá del bien y del mal; vemos que por capricho no respondemos a lo que es elemental: el velar por la vida del prójimo, más allá del parecer ideológico de cómo se debería instalar y gestar la administración del Estado que les fue encargado. Vemos que al anochecer hay un hombre que muere, hay un hombre que en protesta de cómo su patria se gobierna, se desvanece en un lánguido adiós, mientras el orgullo opera de los que ayer se decían más humanos. ¡Cuánta   insensibilidad, cuánta barbarie! Y el pueblo aún somnoliento no responde en forma contundente y decisiva, rechazando como en su ayer, contra el hartazgo del crimen de Estado que se está gestando. Y para encapsular el sinsentido de la injusticia, alguien dijo, “yo con Glas no comulgo, pero esto ya es el colmo del abuso al que este hombre ha sido sometido”. 

   ¡Es el colmo que nos hayamos deshumanizado! Después de 18 meses lo que vemos no son las pruebas contundentes del acto delictivo. Lo que tenemos son construcciones ficticias, en “cuentas que no necesariamente se encuentran en el país. Pueden encontrase en jurisdicciones no cooperantes o lo que se conoce como paraísos fiscales. Allí no entregan fácilmente la información. Pero el compromiso debe ser de todos, no solamente desde la Función Ejecutiva, desde la Función Judicial, desde la Función de Transparencia”.  Palabras dichas por la ex fiscal y ahora directora de la Unidad de Análisis Financiero y Económico (UAFE), Diana Salazar. Es decir se lo acusó a Jorge Glas sin prueba alguna. La evidencia es un “puede”, un tal vez, un quizás. Sin pruebas, ni ayer ni hoy, después de despegar el aparataje estatal para encontrar indicios del dinero mal habido. O, la descarada perogrullada de haberlo sentenciado por “la fuerza de las circunstancias. No por las pruebas construidas por la Fiscalía”, según el opositor Christian Zurita. Queda claro que hay un desamparo legal descabellado que en ninguna corte internacional sería admitido. Mientras tanto hay una esposa, unos hijos, una madre que claman por transparencia, por justicia para un preso político víctima de los juegos políticos de las relaciones de poder. 

   Si quieren un muerto, lo tendrán. ¿A qué costo? La historia lo dirá. A la final, eso somos: cuando elegimos tal o cual acción, legislamos para todos. Y, eso será lo que nos caracteriza. Como la barbarie que cometimos contra Eloy Alfaro, aquel luchador digno de estar en nuestra historia, pero también digno de hacernos entrar en la circunspección  de qué somos capaces. Igual, tendremos siglos más para arrepentirnos, aunque algunos, entre el viraje de la tortilla, festejen hechizados por el hartazgo del show macabro. ¡Hay un hombre inocente muriendo en la cárcel!  Hay en Estado inhumano sumido en el odio escalofriante. Hay un hombre con nombre y es mi hermano.

Luis Alfredo Castillo 
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