#ArticuloBananero| La envidia destruyó a Lenín 

Ya se avecinan los nuevos comicios seccionales. El pecador pronto se convertirá en santo. En virtud de ello, como buenos fieles seguiremos auspiciando al viejo político o al nuevo camisetazo para que ya sin escrúpulo alguno se presente como el salvador del humilde. 
   Entonces vienen a la mente los infaustos vídeos de YouTube en donde vemos a Lenín Moreno lanzar alabanzas a garganta llena sobre su ahora enemigo político. Sin poder evitarlo, lo dicho y lo hecho por Lenín, hace pensar sobre lo bueno y lo malo del ser humano. De lo efímero que puede ser la palabra si el contexto social lo permite. Entre menos valía le damos a las palabras, mayor serán las mentiras. 
   Lenín divulgaba que Rafael Correa era leyenda viva, amigo de lucha. Declaraba que las generaciones futuras exaltarían agradecidos el buen nombre del líder incansable. Era de envidiar su convicción y lealtad. Igual, en otro momento, lo vemos manifestar su orgullo porque iría como binomio el compañero fiel, nada menos que el Jorge, el constructor de las “hidroeléctricas, el de los proyectos multipropósito, el de la eficiencia en las empresas públicas… ese Jorge “. Y veía al infinito, seguro de su hondo sentir. Ese Lenín, quien usó a Jorge como medio para su fin, se perdió. No por falta de conocimiento, pero sí por falta de conciencia. Sus palabras no tienen valor y ellas serán su cruz. 
   Ahora que el sainete está revelado, nos vemos frente al escenario en donde el relato bíblico de Caín y Abel se repite para plasmarse en la historia. Lenín (Caín), buscó como alguien que busca oro, con cizaña y obsesión, todo pretexto que le fuese útil, obra o persona, para destruir el nombre del amigo y para menospreciar el incomparable levantamiento de una patria más humana. Ante él, sin poder ocultarlo, veía el acierto y la buena voluntad del hijo preferido: Rafael (Abel). Y, la gente de Rafael lo premiaba en cada elección. Sentían que estaban en buenas manos, en las manos de uno como ellos: humilde y de clase media. 
   Ahora nos es claro que detrás de las palabras de apariencia y de odio yace la verdad: Moreno, embebido en su impotencia no pudo ser el líder nato, peor aún sobrepasar la obra imborrable. Por eso en coro cantan: las obras que se hacen, se pagan con amor y gratitud. Lenín sabe que fracasó. Ni a los zapatos le llegó. No hay más: la envidia lo carcome, como carcomió a Caín. 
   Pero eso ya es un tema teológico… y en esto es mejor quedar callados. Ciertos filósofos aconsejan que verdaderamente no podemos hablar de cosas que estén más allá del sentido, que estén más allá de la esfera de lo concreto. Es decir no nos incumbe lo que el presidente piense o lo que su conciencia diga. Lo que sí nos incumbe es lo que hace; y lo que hace, destruye; y lo que destruye, mata. 

   Todo le ha ido mal. De lo contrario, ¿en dónde está una sola emblemática obra que beneficie al bienestar común y que haga distinguir su estampa en su amor a la patria? Llegaremos al segundo año y no veremos mamotreto alguno que no sea el de suscitar el descalabro: desde la violación de la Constitución hasta la retahíla de persecuciones políticas por medio del Lawfare. 

   Pero, valga la curiosidad… ¿Podrá dormir? En sus diálogos internos, ¿se enterará de la farsa que está protagonizando? ¿Qué justificación escamoteará cuando se vea arrinconado, inservible? ¿Le será suficiente su excusa de que su lealtad no es para el “amigo” de visión compartida, sino para el pueblo ecuatoriano?  El mismo que a su vez, el 51.16%, confió en su palabra para que él siga ahondando los logros de la revolución ciudadana. El mismo pueblo que fue traicionado por él. 
Luis Alfredo Castillo 
Prensa República Del Banano
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