#ArticuloBananero|  La noche aciaga de Ibarra

  Lo que ocurrió la noche en Imbabura es desesperanzador. Primero, porque la horda de jóvenes enceguecidos por el odio reviven la conducta que nos hace remontar a las penurias que el pueblo judío sufrió durante los linchamientos de los pogromos de la rusa zarista. O, más reciente, en la noche de los Cristales Rotos de la Alemania de Hitler. Segundo, porque en lo profundo de nuestro sentido somos cristianos. Ni lo primero, ni lo segundo encajan con el comportamiento de vivir en un mundo globalizado o con el llamado de Jesús a amar al prójimo.

  Lo que se vio es lo más alejado a lo que estamos llamados a comportarnos. Se vio la cara más viva del odio, el despojo exacerbado por la más brutal xenofobia. Se violó conscientemente la santidad del hogar del migrante; se destrozaron sus pocas y ligeras pertenencias, propias de un emigrante en busca de mejores días. Se quebrantó la hospitalidad y, al quebrantarla, se violó el pacto sagrado, el de albergar al forastero. 

  Además, al hacerlo también se dio el punto de referencia para que se trate de la misma manera a nuestros hermanos ecuatorianos que viven en todas partes del mundo. Tanta es la insensatez e insensibilidad que uno apostaría que los que atacaban a nuestros hermanos venezolanos, también tendrían familia fuera de la patria. ¿Será ese el trato que queremos para nuestros seres queridos? Más al punto, en Venezuela viven cientos de miles de ecuatorianos que fueron generosamente acogidos cuando nuestros gobiernos no pudieron dar un mejor futuro para nuestras familias. 

  Que no nos sorprenda que con la misma vara que medimos seremos medidos. Lo que hemos hecho es develar una aterradora ignorancia que no solo viene de los jóvenes de esa aciaga noche, sino que al sondear las redes sociales vemos a gente de todos los estratos sociales demostrar su odio, su xenofobia. Será que la dolarización nos hizo subir los humos para convertirnos en arrogantes, que omiten y desprecian la obligación de amparar al foráneo. Nos llenamos la boca al auto calificarnos de cultos, de humildes, de hospitalarios, de Cristianos pero en realidad ese ideal está muy lejos. Los hechos hablan más claro que las palabras vacías.

  La identidad del cristiano no puede desatender al llamado del mismo Jesús. Él nos  enseña a albergar al prójimo, al extranjero, precisamente, en el hogar de uno. Cerrar las puertas o recibir al foráneo para ultrajarlo es pecado capital. Es un llamado de Dios para hermanarnos. Nos comanda a vernos en los ojos del otro: del forastero. Es la prueba: la de tratarnos con respeto, con buena voluntad, con actitud vivificante, que dignifique al prójimo. Son los valores los que nos anclan en una realidad para de ella forjar nuestro comportamiento. Sin ellos nuestro discurso sería malsonante y vacío como: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tuviera amor, viniera a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe (1 Corintios 13:1)”.

  Aumentando el encono, el mismo presidente se lo ve alentando la xenofobia. Acaso olvidó, como líder de un pueblo de 17 millones, que sus palabras incendiarias podrían causar muertes o heridos. La vida o la herida de cada venezolano pesará en su conciencia, eso es, si es que la tiene. Porque después de andar al lado de sus tropiezos calculados hay amplia razón para dudarlo. ¿Acaso se le olvidó los preceptos de nuestra religión? ”Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto (Éxodo 22:21). Con qué fin politizaría el asesinato cuando lo más acertado es que se juzgue al culpable con el debido proceso que la justicia determine.

  Acaso no nos damos cuenta de que en este mundo globalizado, en donde  la movilidad humana se aumenta cada día, seremos maltratados como ahora lo estamos haciendo con los hermanos venezolanos. Y pensar … que hay padres, madres y hermanos y amigas que siendo vistos como indeseados, estamos haciendo lo mismo a otros hermanos dentro de nuestra frontera.

Luis Alfredo Castillo 

Prensa República Del Banano

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