Vallas afectan el turismo en la Plaza Grande, en el Centro Histórico de Quito

Es el corazón de Quito: el lugar más visitado por los turistas que llegan al Centro Histórico y que acoge a un puñado de las edificaciones patrimoniales monumentales y religiosas más importantes de la capital. La Plaza Grande no tiene un libre acceso. Tres cuadras antes de llegar, entre la Mejía y la Cuenca, las primeras vallas metálicas grises con el sello del Ministerio del Interior dan la bienvenida. El paso está abierto para las personas, pero las vallas permanecen arrumadas sobre la vereda, lo que dificulta el paso de los peatones. Cuando hay cambio de guardia, cuando llega una visita diplomática a Carondelet y cuando se aproxima una marcha, esas vallas se colocan transversalmente en todas las calles cercanas e impiden el paso de cualquier persona. En la García Moreno aparece otro tipo de vallas: unas azules que pertenecen al Cuerpo de Agentes de Control del Municipio. Estas sirven para evitar el ingreso de comerciantes a la plaza. Es lo que los agentes llaman el ‘cuadrante cero tolerancia’, donde no se permite la presencia de ambulantes. En la plaza, la situación es más compleja. Unas 200 vallas dan cuenta del problema. En la parte que colinda con la Venezuela, hay 150 de ellas amarradas con alambre, algunas oxidadas. El resto están distribuidas en el interior, junto a las bancas o cerca al monumento de la Independencia. En los alrededores de la plaza hay al menos 50 locales que se ven afectados cuando el cierre es total. Tania Sánchez trabaja en un local de venta de ropa, y cuenta que los cierres duran toda la mañana o más. El local vende hasta el mediodía unos USD 200, pero en días de cierre no llegan ni a 20. Ampliar En el lado oriental de la Plaza Grande se colocaron 150 vallas del Ministerio del Interior. Foto: Evelyn Jácome/ EL COMERCIO Los tradicionales sánduches de la Plaza Grande también sienten la afectación. Daniela Morales, dueña del negocio, cuenta que desde octubre del 2018, los cierres se realizan con mayor frecuencia. Las rentas en la zona son altas. Por el local paga USD 2 500 al mes. Natalia Aguilar, dueña del Coffe Shop Siete Campanarios, asegura que los cierres ocurren al menos dos veces por semana. La mayoría de sus clientes son extranjeros. Usualmente le preguntan sobre la presencia policial y las vallas. Temen que haya bombas o ataques terroristas. A los hoteles del sector, el cierre también les pasa factura. Norman Bock, presidente de Hoteles Quito Metropolitano, explica que el principal afectado es el turista. El cerco no acompaña al mensaje de un país de paz y tranquilidad que es lo que se quiere transmitir. Jhofre Echeverría, presidente del Buró del Centro Histórico, cuenta quela semana pasada, el buró, un colectivo de comerciantes y la Cámara de Turismo de Pichincha, entregaron una carta al Ministerio Coordinador de la Política explicando su preocupación por el vallado. Esperan respuesta. Para Angélica Arias, directora del Instituto Metropolitano de Patrimonio, el efecto del vallado es un atentado contra el turismo, contra la libre circulación y derecho que tienen las personas de disfrutar del patrimonio. Indica que por un lado, el Municipio trabaja en la construcción de plataformas únicas y peatonalización, y por el otro, se corta la circulación. El Ministerio del Interior explicó que el vallado es una medida de seguridad que se utiliza cuando hay actividades masivas que podrían poner en riesgo la zona patrimonial.

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