#ArtículoBananero| Hoy el charlatán y el presidente, el príncipe y el estafador son la misma cosa

En antaño las palabras valían oro. El trato se refrendaba con la certeza de un “sí” o de un “no”. El acto quedaba impregnado por la reverencia y por la seguridad que lo acordado se cumplía. La reputación personal y el de la familia se ponía en la mesa. En estos días, en contraste, caemos en cuenta de que lo que antes era sólido, de sustancia probada, hoy, como embrujo, el recuerdo y las palabras se van deshilachando para desvanecerse  en algo sin valía, como lo acabamos de evidenciar en el último Informe a la Nación, en mentiras comprobadas.

Con la proliferación de los medios de comunicación masiva: el telegrama, la radio, el teléfono, el cine, la televisión y ahora las redes sociales, el valor de la palabra empezó a desvanecerse, a debilitarse. El aura de la verdad con que la palabra estaba inyectada pasó a ser socavada por la manipulación de las emociones, y de ahí, la bulla, el sensacionalismo, el protagonismo en el auto engrandecimiento. La forma ganaba terreno al contenido, pues, al final, surtía más ganancia, mayor incidencia en la coyuntura y mayor peso político. Hollywood y la televisión entendieron su importancia y se encargaron de instalar a presidentes. Hoy el charlatán y el presidente, el príncipe y el estafador son la misma cosa. La virtud se estanca en la apariencia para que esta suplante a la palabra de antaño y se presente como la nueva y verdadera voz de la verdad. Los miedos de comunicación, como los llamaría Eduardo Galeano, habían ganado la batalla. Se ufanaban por ser medios “libres e independientes”. 

En consecuencia entrevemos por la rendija de la nueva práctica, de que el silencio, vestido de complicidad se repliega ociosamente. La censura previa se impone como juez; el bloqueo mediático funge, con caras y apellidos conocidos, como capataz, y ambos, determinan y regulan lo que se informa: si la noticia es de complacencia y de fabricado alago hacia el gobierno, la magnifican en la página frontal. Incluso, se prestan para camuflar la mentira, borrando los logotipos del gobierno anterior por el del actual y conchudos reportan anticipadas inauguraciones para la foto de obras que no son obras de los que posan. Así mismo, si la noticia no es del agrado del gobierno, la silencian y no la enfocan: ya sea porque desvisten la mentira, ya sea porque en ella denuncian la inoperancia, la corrupción, el reparto. 

En esta coyuntura política, producto del gran engaño, el gobierno y los medios de comunicación entendieron de que es más eficaz coludir para ocultar, porque rinde mayor rédito. Entendieron que es mejor desviar la atención con espanta pájaros, para luego lanzar al unísono e intercalar una y otra cortina de humo y…  dejar que la imaginación inducida se trepe en la conjetura “del por ahí me lo dijeron” o del morbo, pero ajenos a evidencias concretas como las del asambleísta Ronny Aleaga. 

Entretanto, la burla y el engaño siguen orondos. Sin embargo, ya nos damos cuenta de que los charlatanes, esos payasos de la desinformación, que con aire socarrón y entontecedor, al final, restan. Sus bufonerías causan una desazón de malestar en un territorio de nadie. Se los rechaza por ser cómplices y vulgares, por insultar a la inteligencia colectiva. El silencio o la complicidad alimenta la corrupción y esta, en cambio, se nutre de los presupuestos de publicidad seleccionada para ellos, a cambio de su silencio. Se les paga del erario nacional para que callen, o si hablan, que hablen regidos al guión que finalmente los lleva a desembocar en que la “culpa es de Correa”. Es un pacto amancebado, como si los medios hubiesen dicho al gobierno de Moreno: mientras seamos compensados con “oro y moro”, con pautas publicitarias y poder político, ustedes hagan lo que quieran, nosotros los protegeremos apagando la palabra.

Luis Alfredo Castillo
República del BananoCarondelet - Republica del Banano

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ana dice:

    ¿Dónde están los intelectuales ecuatorianos? ¿No habrán ecuatorianos que se den cuenta de lo importante que es denunciar y activamente concienciar el daño que se está causando a la nación? ¡El silencio otorga la irresponsabilidad!

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