#ArticuloBananero| ¡Nos guste o no: Correa y la revolución ciudadana imposible de borrar!

Cuando el odio o la antipatía, o incluso una mera percepción, se enquistan en la realidad de una persona, es en vano tratar de hacerla entender otra posibilidad.  Esta actitud negativa se superará con el tiempo, cuando razonemos y esclarezcamos de que nuestro juicio estuvo equivocado. Y es que equivocarse en sí no es negativo; al contrario, lo que deviene nos hace adelantar con bases más sólidas, más despejadas. Advertencia: uno hasta podría terminar amando lo que un día fue despreciado. 

Viene a la mente una lúcida conversación con una amiga entrañable, en una tarde tibia de un valle, alfombrado de su verde frondoso, del sur ecuatoriano. Retrotraigo su síntesis.

“Los ecuatorianos”, decía ella, “somos hijos de la misma historia, de la misma camada que heredó su idiosincrasia y quienes ya instruidos por nuestras escuelas (más malas que buenas), se lanzaron al mundo a desempeñar cargos en las diferentes instancias del Estado. Igualmente, otro tanto de jóvenes buscó y creó oportunidades para desplazar su experticia en emprendimientos privados. He ahí el tronco de dónde vinimos: llegado el momento, unos prefirieron ser corruptos y otros ser ciudadanos respetables.  En suma, esa es nuestra historia, compuesta de los mismos actores que hoy están perfilándose e irrumpiendo en nuestro presente. Lo que ahora somos, ineludiblemente, da indicio de dónde vinimos. Somos, sea lo que sea, una nación, una unidad y a esa unidad hay que orientarla por nuevos senderos, aceptando y guiándonos por los logros, pero también enmendando los errores. Solo así, en una forma orgánica, seguiremos adelante. Es un proceso dialéctico. Al cambiar nosotros, cambiamos nuestro Ecuador y nuestro Ecuador nos cambiará”.

Si tal observación está aproximada a nuestra realidad nacional, entonces resultaría casi desatinado o demasiado optimista exigir a cualquier gobierno a que cumpla con su gestión administrativa libre de corrupción, más allá de ideologías políticas antagónicas. Desatinado o demasiado optimista porque para construir una sociedad con corrupción mínima se necesita un proceso acumulado de institucionalidad y una gestión democrática ininterrumpida. Esto no hemos tenido en su mayor parte en la historia ecuatoriana. La meta es reducir la corrupción en todos los frentes: público y privado. Para esto, no habrá ni Lassos, ni Nebots, ni Correas que puedan o se los deje gobernar.  

No habrá Constitución que ampare los derechos y responsabilidades de los ciudadanos, porque se la irrespeta según la coyuntura o el capricho de improvisados. No habrá institucionalidad que gestione la gobernabilidad de futuros regímenes, porque a todo nos oponemos, sin ser propositivos. El problema no tan solo es de los presentes o futuros líderes, sino también es nuestro. Hemos sido demasiado permisivos.

La historia del Ecuador seguirá desplegándose, al paso que llevaremos con nosotros nuestra oposición o nuestras preferencias. Por lo tanto, más nos vale ir metabolizando la significación histórica de Rafael Correa para Ecuador. Su presencia, como un fantasma, permeará en nuestro discurso político por mucho tiempo. Bien sabemos que es una farsa la etiqueta mediática de autócrata, dictador, preponderante, instigador, desarmonizador y, últimamente, monstruo. Bien sabemos, el tiempo y obra lo confirman, que su accionar hace sobresalir a un hombre: honesto, valiente, arrollador, visionario, revolucionario, propositivo, unificador, esperanzador, edificador…  Nos guste o no, ese hombre ha dejado semillas alfaristas que renacerán. ¡Qué fácil le es caminar con la frente en alto, sin dobleces, sin miedos y ambages! Moreno, enredado en su novelesco “despecho”, nunca lo podrá hacer.

Nos guste o no, Correa pintó un nuevo panorama político, inaugurando otro estilo de gobernanza. Nos guste o no, hoy hablamos de derechos sociales y políticos cuando ayer eran impensables. Nos guste o no, aún en un clima anticorreista, azuzado por los medios corporativos, su vigencia no está acotada. Contrario al objetivo, la estrategia de descoerrisación está dando resultados adversos. Es más, su inoperancia administrativa han sido la  mejor adversaria para acelerar más su regreso. Según los resultados de la última consulta del 4 de febrero del 2018, las elecciones seccionales del pasado 4 de marzo, y más precisamente con la reafirmación por la existencia del Consejo de Participación Ciudadana, Rafael Correa y la Revolución Ciudadana figuran como la oposición oficial, con un sólido voto activo y comprometido. Mientras tanto, como pago a la traición, las últimas encuestas de Perfiles de Opinión o Cedatos corroboran que la credibilidad y aprobación al régimen de Lenin Moreno va precipitadamente a la baja ya sin legitimidad. ¡Nos guste o no!


Podemos estar seguros de que si no educamos a nuestros jóvenes hacia la vocación de ser democráticos y respetuosos ciudadanos, no valdrá gobierno alguno así éste sea óptimo. Recordemos la advertencia del sabio Demócrito: “Todo está perdido, cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”. ¡Nos guste o no, no lo permitamos!
Luis Alfredo Castillo

Republica Del Banano

2 comentarios sobre “#ArticuloBananero| ¡Nos guste o no: Correa y la revolución ciudadana imposible de borrar!

  1. Como siempre lúcidos y brillantes los comentarios de Alfredo Castillo. El pueblo llano en medio de su ignorancia política, sabe perfectamente que Correa trabajó por mejorar su vida y su futuro. También sabe que los intentos de terminar con el legado del ex presidente, obedecen a sacar de la memoria colectiva al único gobierno que intentó hacer un poco de justicia con los menos favorecidos. El odio de las élites, la traición de Moreno y los Alianza País, no logrará sino convertir a Correa en el héroe de los más necesitados.

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  2. ¡Qué difícil es erradicar esa idiosincrasia que crea un círculo vicioso interminable “sans issue” = sin salida, como lo decía Sartre! Lo peor es cuando liderados por visionarios que tratan de sacarlos de eso, no reconozcan los ciudadanos que tienen que participar en ese cambio radical hacia un progreso sano, manifestado en obras públicas, que no es otra cosa sino afianzar la redistribución de la riqueza. Como niños, empiezan a quejarse de la pérdida de algunos privilegios, programas dirigidos a traer algunos beneficios a los que nunca conocieron esa palabra en toda su vida. ¡Qué exasperante debe ser gobernar honestamente en el mundo del subdesarrollo, en sociedades donde el tuerto es el rey!

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