Testimonios del COVID-19: “Mi esposo murió y nunca nos atendieron en el 171”

César Chafla junto a su familia. Es uno de los fallecidos que no recibió atención. Tenía 32 años.CORTESÍA

Para entender esta historia hay que regresar en el tiempo trece días, cuando César Chafla, de 32 años, era un hombre con un matrimonio feliz y tres hijos menores de edad. Ese jueves 19 de marzo, con fiebre y tos, dejó de laborar en la distribuidora donde prestaba servicios y  se aisló en casa mientras veía como, poco a poco, la ciudad que lo vio crecer se convertía en esto que es hoy, un escenario de muertos en los portales y hospitales completamente llenos por la pandemia del COVID-19.

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El domingo 29 de marzo, del sonriente César Chafla que vive aún en fotos familiares y de amigos, solo quedaba un cuerpo sin vida, que había batallado once días enteros en medio de una agonía que incluyó dolores en los riñones y pulmones, diarreas, pérdida total de la fuerza corporal y el quemeimportismo absoluto del sistema de salud local.  

Su esposa solloza. Tania tiene 33 años y es la madre de los tres varones que deja César en la orfandad, de siete, tres y dos años de edad. A las seis de la mañana del lunes 30 de marzo, tras 21 horas del fallecimiento de su esposo, recién llegaron a verlo, para llevárselo a un lugar al que ella jamás tendrá acceso. 

Aceptar esa medida fue la condición. Un verdadero logro, si se tiene en cuenta que, para captar inmediatez de las autoridades, tuvo que aparecer llorando en un vídeo para rogar que se lleven el cuerpo de su marido. Un verdadero logro, si se tiene en cuenta que, en esta ciudad de los imposibles, ahora pueden tardar hasta cuatro días en recoger un cadáver.

Me dijeron que se lo llevaban ahora, pero con la condición de que no sabré adónde lo van a dejar. Si lo llegan a quemar, sería grupal, dijeron, y no se sabría cuál ceniza pertenecería a él. Era eso o esperar a que consiga funeraria y bóveda, para que tenga su respectiva sepultura.Tania, viuda de César Chafla.

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La casa, ubicada en García Moreno y Clemente Ballén, aún huele al virus que cambió la vida de su familia en once días. Es un olor de enfermedad, de dolor, de tristeza, de vacío y de indignación. Porque, ¿qué hubiera pasado si recibía atención oportuna? ¿Qué hubiera pasado si del otro lado de la línea escuchaban que era hipertenso? ¿Estaría entre los suyos aún? ¿O habría muerto en un hospital y sería apilado junto a otros cadáveres como las fotos que ruedan en redes? Tania nunca lo sabrá. 

Los últimos cinco días previos a su muerte se agravó su cuadro. “Mi esposo murió y nunca nos atendieron en el 171”. Esa es la única certeza que tiene Tania hoy. Recuerda cómo dos, tres, cuatro, cinco, seis veces al día, llamaba y llamaba al número de emergencia sin éxito. Sin siquiera poder separar cita para un mes después, de esas de las que se hablaba cuando recién se activó la línea que atiende los casos sospechosos de coronavirus.

Me decían que si no ha tenido contacto con el primer caso o con alguna persona que llegó recientemente del extranjero, no era coronavirus…Tania, viuda de César Chafla.

En el 171 insistieron durante cada intento de Tania en que si no había contacto sospechoso, no era necesaria la atención. Lo hicieron aunque hace ya varios días las autoridades reconocieron que Guayaquil entró a fase de contactos comunitarios. César no quiso moverse. El colapso en hospitales y la información poco alentadora lo hicieron desistir de buscar ayuda personalmente, reconoce su mujer.

César vivía en un departamento, en un edificio familiar. Sus padres no pudieron despedirse adecuadamente por su aislamiento. El suegro de Tania presenta tos seca hoy.

Para entender esta historia hay que pararse frente a Tania, mientras mira a sus tres hijos, y ver cómo intenta explicarles que el padre sonriente de las fotos no estará más en casa. Para entender esta historia hay que dejar de ver como estadísticas a los caídos por el COVID-19, hay que adentrarse a las almas.

Fuente: Diario Expreso, República del Banano

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