#ArtículoBananero| Arauz: la cosecha que Correa sembró Por Ana M. Pereira-Castillo

Andrés Arauz es la cosecha de lo sembrado en los diez años de la Revolución Ciudadana. Como él, habrán miles de jóvenes más. Se educaron, salieron del país, adquirieron conocimientos científicos y otras perspectivas y destrezas con el objetivo de aplicar lo aprendido a las necesidades de la realidad ecuatoriana. Esa fue la visión de un gobierno que reconoció la importancia de una educación sólida y universal. La educación es el primordial eje ecualizador, imperativo para sacar a cualquier país del subdesarrollo.

Nelson Mandela decía que “a través de la educación la hija de un campesino puede convertirse en médico, que el hijo de un minero puede convertirse en jefe de la mina, que un niño de trabajadores agrícolas puede llegar a ser el presidente de una gran nación”. Una sólida preparación académica actualizada y orientada hacia la independencia del pensamiento crítico, en contraste con la de ayer, es la base de una sociedad democrática, equitativa, solidaria y productiva.

¡Es necesario un cambio de valores! La pandemia nos ha enseñado la más cruda pero clara enseñanza, la de retornar a la base de la cual partimos: lo comunitario. Hay que dejar atrás el individualismo aislante, alentado por intereses ideológicos de mercado, de un capitalismo en donde la lucha del hombre contra el hombre se vuelve mortal. La misma lección seguimos recibiendo diariamente de la Pachamama, con todos los desastres climáticos, producto de las consecuencias directas de la ignorancia de unos y de la avaricia desenfrenada de otros, proveniente de un sistema político del “sálvese quien pueda”.

Según expertos, para que la educación sea fructífera debería asignarse progresivamente hasta el 5% del producto interno bruto. La inversión en la Educación es un ahorro a corto y largo plazo en cualquier sociedad. Se gasta menos en combatir la delincuencia y criminalidad, y se gasta menos en proteger la orfandad, ambos producto del desespero y la ignorancia enraizadas en la pobreza: menos cárceles, menos orfanatos y más y mejores escuelas, colegios y universidades para todos.

En un país, en el que sus ciudadanos poseen un alto nivel de escolaridad y de pensamiento crítico, se eligen a gobernantes responsables y comprometidos. Caso contrario, se dejan llevar por demagogos y oportunistas, hombres y mujeres desprovistos de humanidad y conocimiento, politiqueros que saquean toda la riqueza del país a través del sudor del pueblo, perpetuando la eterna brecha entre el rico y el pobre. Si no les ha molestado esa brecha a los que de ella se han beneficiado durante 190 años, no deberían irritarse con el prospecto de que los demás puedan aspirar a una igual tranquilidad.

¡Dejen de quejarse por los calificativos descriptivos de ese exclusivismo a no ser que el sombrero les dé! ¡Metan la mano en la consciencia y acepten que se han beneficiado de la ignorancia de muchos! ¿Por qué no les ha ofendido la miseria de la mayoría? ¿Por qué no aceptan su complicidad indirecta en no exigir la redistribución de la riqueza del país? Ecuador da para todos, pero es cuestión de redistribuirlo. El Ecuador tiene todo: riqueza material y fortaleza espiritual. Lo que falta es voluntad política. Sabiendo quiénes son, qué tienen y qué quieren, la senda del buen vivir sería más accesible a todo ecuatoriano.

Ana María Pereira-Castillo

Articulista

Prensa República Del Banano

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