#ArtículoBananero| ¡Incluyamos a los excluidos!: imperativas transformaciones culturales Por Ana M. Pereira-Castillo

Ecuador fue modelo internacional de “solidaridad y alegría como valores importantes para consolidar una sociedad inclusiva”. Pero, ¿de qué manera esa política pública logró transformar verdaderamente las costumbres culturales, los prejuicios tradicionales, y los corazones de sus ciudadanos? Una sociedad se la conoce por el trato que da a los que no se pueden valer por sí mismos. Hace unos días, se me rompió el alma al leer que a un niño autista lo excluyeron de una excursión escolar; y a otra, por tener el síndrome  de down, no se la invitó a una fiesta de cumpleaños. Recién nos enteramos que esa misma lucha la llevan las madres galapeñas. ¿Valoramos la vida cuando despreciamos al otro?

¿Quién es el otro? El otro: la frontera de nuestro ego, el desafío que nos convoca a intervenir. Es el llamado ético, no tanto para socorrer al prójimo, sino para recuperar nuestra propia humanidad. El prójimo nos conduce a extraer lo bueno en nosotros. Solo nos basta con ver el rostro de un niño en dolor, las lágrimas de impotencia de una anciana, el desamparo de un prisionero. No somos la salvación del otro, al contrario el otro lo es para nosotros.

No es menester ser religioso para entender la invitación que nos proporciona la vida de poder tender una mano a fin de incluir a los excluidos. El niño discapacitado de nacimiento o por accidente es la obra perfecta del universo. Dicen los ancianos que dios escoge los hogares especiales antes de encomendar esa bendición, un preciado regalo que son los hijos, seres temporalmente prestados para en ellos depositar todo nuestro amor. Por mucho que un padre o una madre quiera enseñarles a amar con todo el esfuerzo requerido, la sociedad que los excluye les resta esa energía tan necesaria. No es cuestión de caridad, señores y señoras, es un derecho a la igualdad. La Revolución Ciudadana lo dejó plasmado en la Constitución y se lo exige en el Art. 47 Numeral 7:

“Una educación que desarrolle sus potencialidades y habilidades para su integración y participación en igualdad de condiciones. Se garantizará su educación dentro de la educación regular. Los planteles regulares incorporarán trato diferenciado y los de atención especial la educación especializada. Los establecimientos educativos cumplirán normas de accesibilidad para personas con discapacidad e implementarán un sistema de becas que responda a las condiciones económicas de este grupo.”

Las instituciones deberían organizarse: con espacios físicos adecuados incluyendo coordinación de medios de transporte para no excluir a ningún miembro de un grupo, personal conocedor y capacitado para desempeñar la función que se le encarga. Si se compartiera la tarea de vivir dignamente en todos los lugares de aprendizaje y de trabajo, tal vez así, se logre concienciar al ciudadano común a que salga de su ignorancia y valore a todo ser humano igualmente. En Norte América se acaba de elegir a un Presidente que hasta la adolescencia era tartamudo. En las pasarelas de la moda se pasea una niña con Síndrome de Down. Seguimos observando los logros de atletas olímpicos que han ganado nuestra admiración, no nuestra lástima.

Entonces, ¿por qué se siguen excluyendo despiadadamente a niños de fiestas, juegos y paseos? No aprendemos ni cuando hay políticas de Estado que reivindican esos derechos. Igualmente se le hace a los ancianos, que después de haber luchado toda una vida por crear a sus hijos, y educarlos, se los considera descartables, restándoles valor, con miserables pensiones indignas. ¿Cómo pueden sobrevivir los que viven solos, con familiares ausentes, obligados a salir del país para sobrevivir? ¿Dónde están las instituciones religiosas que podrían prestar gran obra manejando responsablemente ancianatos dignos? Y no nos olvidemos del prisionero que por a o b circunstancia cayó en la cárcel. ¿Por qué no reformarlos, exponiéndoles a oportunidades que tengan con programas útiles a fin de volver a reintegrarse en la sociedad como ciudadanos productivos y dignos?

No hay derecha ni centro ni izquierda para abordar las necesidades de estos  grupos de personas que existen en todas sociedades. Habrá que elegir al gobierno que se comprometa con la igualdad, haya crisis o no en el país. No se trata de cuidarlos solo en tiempos de abundancia. No se trata de caridad ni de filantropía. ¡Son derechos de ciudadanos! Cuando hay voluntad política para dar saltos cualitativos culturales, se la desperdicia en quejas y críticas inútiles en vez de participar, cambiar viejas y retrógradas costumbres, desarrollando un ambiente más sano, más equitativo, más benéfico para todos, más seguro y sin lugar a duda más digno.

Ana María Pereira-Castillo

Articulista

Prensa República Del Banano

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. benjamín dice:

    Excelente su comentario Sra. Ana María Pereira. Felicitaciones. No debemos segregar a nadie, más bien debemos ayudar a quien necesita

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  2. ralvear dice:

    No existe en el Ecuador un servicio de salud bucal para el discapacitado cerebral que por su condición, está anulada su capacidad para colaborar con el odontólogo. Para este grupo de discapacidad desarrollamos el proyecto “Misión dentista amigo”.

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