#ArtículoBananero| Yo también importo Por Luis A. Castillo

Esta vez, ya lejos de Samborondón se ven filas de ancianos madrugando, tratando de sostenerse, suplicando ser vacunados. Entre los miles de ancianos que salían de sus casas, a los años de haber estado encerrados, en Loja, una vulnerable mujer quien algún día también fue niña, hija, amiga, madre, abuela o bisabuela, una anciana de 98 años, apelaba a nuestra conciencia, a nuestra inherente inclinación de apostar por el sumo bien. En ella no habían lágrimas. Las llevaba en su súplica, en su voz que decía “yo también importo”. El dolor y el maltrato los llevaba dentro, donde también sacudía el fondo de nuestra humanidad. Rogaba la anciana: “Yo quisiera que hagan el favorcito de atenderme… yo no me aguanto aquí, no sea malita, atiéndame, hágame ese favor señorita, yo ya no me aguanto aquí, parece que me voy a desmayar”.

Sus palabras también encarnaban la condición precaria de nuestro país, dejado a la deriva, sin gobernanza, “sin plan de vacunación”, “sin listado”, “sin texto” que no fuera aquel que se quedó congelado en el cerebro del Ministro de Salud. Lejos de Samborondón, su súplica hacía el llamado a nuestra conciencia para que intercediéramos por ella, por los millones de ancianos, por el país, ya sin la placidez de la música de saxofón, ni sillas cómodas, ni bocaditos de chef Gourmet vacunado, ni toldos para soportar el sol.

Lejos también quedaron las muletillas de que todo lo que ha hecho el gobierno, lo ha hecho por el inválido, el necesitado, el desamparado, el postergado.

Lo contrario es verdad.

Ha sido un gobierno que en su paso ha dejado una estela de soberbia que ha perpetrado corrupción, inconsciencia, insolencia, destrucción institucional, y muerte. Casos puntuales: perdonó deudas millonarias a empresarios que más tienen, en emergencia de pandemia, prefirió anticipar el pago de deuda externa que surtir los hospitales con medicina e insumos de bioseguridad. De ahí los miles de muertos por encima de lo normal de años anteriores. De ahí los cadáveres en las calles, el olor a muerte de un pueblo abandonado. La experiencia desnuda y cruel nos percata que el mal se escurre en diferentes formas disfrazadas: de “arrimemos el hombro”, de “exigimos transparencia”, de “todos somos iguales con los mismos derechos”, y finalmente la hipocresía de mucha “bondad” y “mucho mucho amor”. 

Esto es, en el mundo paralelo de la “morenada”, mezcla de ineptitud, de irresponsabilidad, de indolencia ante el dolor humano por las pérdidas de vidas. Pero en el mundo de lo real, la evidencia por los actos de los “vacunados Gold”, los que públicamente nos enrostran con su sentido de clase, los que supuestamente cargan el peso del “apellido de gente de bien”, no ha sido otra cosa que la inmunda conducta de la élite económica descorazonada, que ya fastidiada por nuestra queja de que se nos tomen en cuenta, que nuestro apellido también vale, nos salen con sus aires milenarios de “yo lo merezco”, “yo fui héroe en el Cenepa”, “yo soy el ético rector”, “yo el impoluto ex presidente, “yo ya he contribuido con mi micrófono para con la patria”, “yo el empresario”, “yo fui invitado por el presidente”, “yo soy rotario”, “yo soy ministro”, “yo soy la esposa del ministro”, “soy el hijo de la mamita”, “soy la suegra de…”, “yo”, “yo”, “yo…”.

En otras palabras: un mundo neoliberal convergido a anteponer el derecho del individuo sobre el derecho de la comunidad. Su conducta revela que no son más que una caterva de indolentes, prepotentes, autoritarios, polarizadores, odiadores, realmente “don nadies”, “mafia organizada” al mando de la peor corrupción del “peor gobierno de la historia…”. ¿Les suena parecido? ¡Farsantes! Fueron justamente las mismas palabras que ellos, un día no lejano, vociferaron y apuntaron con el dedo. Samborondón votará por su candidato adinerado, yo y mi familia votaremos por nuestro joven candidato que encarna un pueblo.

Luis Alfredo Castillo

Articulista

Prensa República Del Banano

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